7 de octubre de 2007

El valor del sufragio y la participación cívica

Es un lugar común que, para deslindar nuestras responsabilidades sobre el destino del país, se sostenga que “los políticos son todos corruptos”. Reflexionando sobre este tema surgen algunas cuestiones que parecen no tenerse en cuenta y pueden ser disparadores para un debate franco y necesario en la sociedad argentina sobre nuestro futuro.

En un país donde la corrupción es endémica; en una sociedad individualista, donde no nos inquieta ni preocupa el semejante, no es racional dar a entender que la clase dirigente proviene de otro planeta. ¿Dónde se criaron? ¿Dónde estudiaron? ¿Qué valores recibieron? ¿Qué ética se les inculcó? Todo este proceso educativo (o no) se llevó a cabo dentro del país, por lo cual cargar las tintas sobre los gobernantes de turno, es caer en consignas facilistas y cómodas.

Las sociedades tienen las instituciones y los gobernantes que se les parecen. Si no se tiene una mínima preocupación por el bien común, ¿es lógico que se solicite a otros ser lo que nosotros no somos? Los que exteriorizan culpas sobre terceros esgrimen que los políticos tienen una responsabilidad mayor por ser servidores públicos. Este argumento se desploma ya que todos deberíamos, en cierta medida, ser servidores de nuestros iguales -principio básico de la solidaridad-.

Algunos sostienen que en un país con terribles déficit sociales (trabajo, salud, educación, vivienda), debe saldarse primero esta deuda social para después preocuparse por el fortalecimiento democrático.

Ahora bien, el tema que se quiere tratar es la falta de participación de la ciudadanía, lo que hace aumentar de manera progresiva la separación del pueblo de las esferas decisionales del estado. La Nación argentina somos todos. El estado es la Nación políticamente organizada. Argentinos, nos falta participación, nos falta compromiso.

Necesitamos dejar de buscar la paja en el ojo ajeno y ponernos a trabajar por el bien de la República. Cada uno en su actividad, honrando el rol que ocupa y haciendo un especial enfoque en incluir a los marginados.

La mejor forma es pre-ocuparse y ocuparse. Defendamos lo que nos corresponde: un país a la altura de las circunstancias. En épocas de corralito económico, cuando se violó el principio de intangibilidad de los depósitos, el pueblo defendió sus derechos individuales con una inusual firmeza. Hagamos lo mismo por la salud de la república.

Juntémonos, respetando las diferencias, consensuando, forjando lenta y progresivamente una cultura de la diversidad. Corrientes nos dio un ejemplo de participación cívica. Acompañemos esta movida. Cuando quieran avasallarnos, reaccionemos emitiendo nuestro voto, sin violencia ni rencores. Construyamos, no destruyamos.

El sufragio es una herramienta primordial, hagámosla valer. Es el único camino para el cambio. No busquemos otras salidas que han fallado. Enaltezcamos el valor del voto, participemos, demandemos, propongamos, generemos, escuchemos. Incluyamos. De eso se trata el juego democrático.

Brindemos apoyo al indefenso, ayuda al desamparado, comprensión al diferente, hermandad al semejante, tolerancia al que disiente con nosotros.

Sobre la base de estos principios es que forjaremos un gran país. Ese de la cultura del trabajo, de los genios sobresalientes, de los grandes inventos, de la creatividad, de la inclusión, de la pasión, de la alegría.

La democracia nos necesita, no podemos fallarle nuevamente.

Cristian Bergmann

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